… un
día más en la misma deprimente ciudad. ¿Debería jugarmela? - Dije en apenas
un susurro. La habitación estaba igual que el día anterior, todo revuelto,
cosas por aquí y por allá en el suelo y la raída cortina apenas protegía de la
enorme y plateada luna. Desperezándome me dirigí hacia la ventana y cuando fui
a apartar la raída cortina un trozo se me quedó en las manos, gruñí y tiré el
trapo al suelo.
Como
no quería seguir más en aquella habitación salí sin detenerme a saludar a nadie
en la antigua posada. Hoy era la noche y tenía que conseguirlo, hoy o nunca. El
rico mercader estaba regodeándose y fanfarroneando con los de su nivel en el baile
de máscaras que el alcalde organizaba. Era la hora de entrar en su enorme
mansión, la mano de plata tenía que ser mía.
No
tarde en llegar a la mansión, dos guardias seguían en la puerta, en casi la
misma posición que la noche anterior, endormiscados. No les presté demasiada
atención y sin problemas trepé al tejado de una casa contigua y salté a un
enorme árbol en el jardín. Al abrigo de las hojas y la noche, a tan alta altura
y la luz plateada de la luna podía ver casi todo el jardín. Árboles, colores,
flores… había multitud de matices. No pude evitar hacer una mueca de asco,
aquel pequeño lugar parecía un paraíso comparado con la sequía y lo árido de la
ciudad.
Entre
sombras de arbustos cuyos nombres desconocía, me aproximé al enorme edificio.
Era bien entrada la noche, a pesar de que la luz podría jugarme una mala
pasada, los guardias caminaban torpes y grotescos bostezos se oían aquí y allá.
Se
pavonea de su riqueza, de sus jardines, sus esclavos y no gasta apenas dinero
en guardias – dije para mí mismo, mientras una leve sonrisa acudió a
mis labios. No me resultó difícil abrir la ventana, las ganzúas que tanta
suerte me han dado son mis mayores pertenencias. O al menos las más útiles.
Aunque de nuevo, algo me sorprendió… estaba dura, extremadamente dura e hice
demasiado ruido. Rápidamente me introduje con lo poco que pude abrir y antes de
llegar al interior ya estaba bajando, ruidosamente de nuevo, la ventana… me
apoyé contra la pared y guardé la respiración. No se el tiempo que pasó,
pareció una eternidad… Fuera, se oía movimiento, los guardias investigaban…
Recé porque ninguno de ellos estuviese lo suficientemente despierto para ver
algún signo en la ventana o a los pies de ella.
Cuando
mi corazón dejó de latir a un frenético ritmo, decidí a buscar… dentro estaba
todo en un sepulcral silencio. No tardé en llegar a su despacho, aunque me
entretuvo la puerta pesada. No había olvidado echar la llave. Una vez dentro
cerré de nuevo con llave… Algo iba mal… una ligera brisa me rozó el rostro…
miré hacia la ventana y vi una sombra…
-
Llegas
tarde – dijo a la vez que saltaba por la ventana.
Lo
que pasó después fue infernal, demasiadas cosas en apenas unos pocos segundos.
Me llegó el olor de aceite que impregnaba toda la habitación y por acto reflejo
comencé a correr en dirección a la ventana. Antes de llegar a ella, una flecha
con la punta en llamas entró por donde hacía segundos estaba la sombra. Todo
ardió en apenas un suspiro… Fuego, calor abrasador, el cielo cambiando de
posición, primero arriba, luego abajo, el suelo también giraba, falta de
respiración, oscuridad…

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